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el Heraldo de Aragón
3 de diciembre de 2009
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Paisajes plateados. El Parque del Agua Luis Buñuel
“El parque es el que fabrica el paisaje, introduciendo el lugar en su territorio” (Christine Dalnoky en: El Parque del Agua, Exposicion Internacional, Zaragoza 2008, Actar)
Los ámbitos marginales, descuidados o rechazados, abordados desde un proyecto “no convencional” de su paisaje, contienen un fuerte potencial para ser soporte de estrategias y procesos de calificación o “recalificación”. El Parque del Agua es una obra que demuestra precisamente como un proyecto “no convencional” es capaz de devolver sentido y calidad a una porción de territorio y, paralelamente, de poner en marcha un proceso más extendido de reconocimiento de su paisaje como producto cultural. Un parque que ha sido la razón del evento “Expo Zaragoza 2008”. No la consecuencia, sino la fuerza motriz. No una obra más, sino la estructura que mantendrá vivas a todo el resto y que ha inscrito a Zaragoza en el grupo de ciudades dotadas de los parques nacionales más importantes en la geografía europea contemporánea.
Somos ya conscientes – como se expresa en los principios de la CEP (Convenio Europeo del Paisaje[1] ), ratificados como ley europea en 2004 – de que el proceso de recuperación del sentido de identidad, de pertenencia, de “lugar”, pasa por ir más allá de la gestión y del desarrollo del territorio, hasta el reconocimiento del paisaje como patrimonio cultural. El proyecto de paisaje es el instrumento para expresar el potencial de un lugar y generar centralidad y actividad económica.
A lo largo de los ríos se fundaron las ciudades. El agua y su flujo pedía y justificaba la existencia y el funcionamiento de un asentamiento urbano. A lo largo de sus orillas, la vida: el encuentro, la agricultura y el trabajo doméstico, los pantanos y las áreas lacustres, el riego de los jardines y los huertos domésticos. Todas ellas funciones que conferían al curso de agua su carácter de centralidad y cotidianidad. En épocas más recientes, la “puesta en seguridad” de los ríos, la regularización de sus caudales y el saneamiento de sus orillas, han provocado un proceso inexorable de pérdida de su carácter natural y de su valor medio ambiental hasta llegar a la pérdida de su identidad.
Aquellos espacios palustres y lacustres, además, quedaban como ámbitos de difícil uso dentro de la estructura productiva agrícola y, por lo tanto, con el tiempo se abandonaron a una ocupación espontánea, si no ilegal, del suelo, hasta llegar a una condición de “terrein vague”. Áreas por lo tanto “negativas” y residuales a las cuales la ciudad “daba la espalda”. También Zaragoza había dado la espalda al Meandro de Ranillas, considerando el amplio recodo del río un “detrás” de la “casa ciudad” – aquel lugar donde en general se esconden y abandonan los objetos indeseados, donde se producían los encuentros furtivos – y favoreciendo su desarrollo urbano más importante hacia áreas privilegiadas y con más renta de inversión.
Una vez más, es el jardín el que rescata del abandono, que compensa los daños, que recose los ámbitos urbanos interrumpidos, que restituye significado e identidad cultural a lo que era “marginal” y “vacío”. Aquel “jardín de la metrópoli”, bien teorizado por Enric Batlle, rescata valores, calidad y sentido entre el desorden y la fragmentación. Espacios interrumpidos, “blancos”, sin contenido, residuales, potencialmente a disposición de la ciudad no tanto porque están físicamente libres, sino porque están conceptualmente “abiertos”, ofrecen la oportunidad de su recuperación a través del proyecto de un parque.
Así es el Meandro Plateado en las intenciones del inicial concurso de ideas, en la razón de su proyecto, en los objetivos que se pone y en la actitud utilizada para conseguirlos (su transformación). El afortunado encuentro entre los arquitectos Margarita Jover e Iñaki Alday y la paisajista Christine Dalnoky formó un equipo de primer orden para acometer una obra interdisciplinar, con desarrollo sostenible a gran escala, para el territorio que lo acoge.
Es un parque “entre”: lo urbano y lo rural, el centro y la periferia, el río y la ciudad, como interprete físico y conceptual de un paisaje “interfaz” innovador y emblemático. Sin embargo, en sus 125 hectáreas de extensión, busca un proyecto único, unitario, orgánico, compartido e integrado en toda el área metropolitana, consiguiendo a la vez riqueza y pluralidad de sentido precisamente gracias a la puesta en relación de estos ámbitos contrapuestos. Y lo hace sin la búsqueda de espectacularidad estética, sino con la superposición de sistemas, como si fueran “capas” en diálogo entre sí mismas, de elementos “hard” y “soft”; recuperando la memoria del lugar y reinterpretando su parcelario agrícola.
Bisagra entre ciudad y campo, regala en su gran extensión diferentes niveles de complejidad funcional, actividades recreativas y didácticas, arquitecturas, pabellones, marquesinas, recorridos, pavimentos, superficies minerales y líquidas, bosques de ribera, árboles y arbustos con hojas plateadas, áreas lacustres, jardines temáticos y, además, tapizantes, enredaderas, flores… Geometrías regulares o formas espontáneas, vegetación autóctona o sofisticadas especies botánicas, concurren a conseguir un unico valor expresivo, lo que deja encontrar a sus autores en el ‘plateado’ acuel hilo conductor para el cuento/relato? de materiales, colores, texturas, luz y reflejos.
El Parque del Agua es también, y sobre todo, una estrategia, la puesta en marcha de un proceso. El Parque es una máquina de sostenibilidad medio ambiental, una obra de ingeniería hidráulica de control y utilización de las dinámicas del río como elemento de proyecto. La tupida red hidrográfica como espina dorsal, el sistema de drenaje, la depuración natural y la reutilización del agua, la recuperación de un ecosistema ribereño, las inundaciones periódicas que irrigan y fertilizan el terreno, son todos componentes de una estrategia de proyecto ecológico que le confieren su forma. Así, el Parque se convierte en un territorio flexible, capaz de asumir la evolución como una nueva categoría de proyecto, como valor añadido. La estrategia del proyecto acaba determinando una forma que aborda la reinvención de una porción de la Zaragoza urbana, de su nueva fachada. Construye – con el paisaje – una nueva y prestigiosa puerta de acceso.
Visité el Parque del Agua el pasado mes de mayo, y tuve la suerte de hacerlo con los amigos miembros del jurado del FAD. El Presidente Arcadi Pla, Jordi Badia, Ignasi Bonjoch, Javier Bustos, Paulo David, Arturo Franco y Mercé Martìn, en una frenética y apasionante secuencia de visitas – organizada por la infatigable Margarita Kirchner – que nos permitió alimentar recíprocamente nuestros puntos de vista. Muchas las sugestiones compartidas en este espacio y interesante y e rico el debate asì como lo ha sido a lo largo de todas nuestras visitas juntos. En Zaragoza percibimos un fuerte contraste entre el vacío de un aparato expositivo que se iba desmantelando con el derribo de los volúmenes que lo habían celebrado, y la presencia del Parque que con el tiempo va conformando y reforzando su carácter, personalidad e identidad. Sentimos la contradicción entre un paisaje algo surreal, casi metafísico, dentro de otro vivo y muy prometedor. Éramos conscientes de estar dentro de un proceso, más que de un proyecto acabado, en el que se evidencia su progresivo arraigar como “lugar”, de su reciente pertenecer a aquel territorio y fundirse en él. Una infraestructura verde que se inserta entre las existentes – carretera, río, ferrocarril, alta velocidad, puentes – no como una más, sino como la única capaz de convertir el conjunto en un “sistema”. Un proceso puesto en marcha primero con competencia, delicadeza y sapiencia, y después con la calidad y la sensibilidad estética de su diseño, donde, además de la madera, el agua, la piedra y las plantas, el tiempo es el verdadero material protagonista.
Han pasado muchos años desde el concurso del Parque de La Villette de París, y somos conscientes de nuestra gran distancia ideológica respecto a realizaciones como aquella, hoy en día ya imposibles. Sin embargo, desde entonces los parques afirmaron su carácter de lugar estratégico, en continuidad y como parte de la ciudad, convertidos definitivamente en “piezas” urbanas. El papel de la arquitectura del paisaje ha evolucionado en su capacidad de poner en relación sistemas naturales y urbanos, como componentes de un conjunto heterogéneo y complejo, y favoreciendo enfoques inclusivos y abiertos. Hoy en día esta arquitectura de “utilidad pública” parece ser el ámbito estratégico con el que contar para la futura evolución del asentamiento humano y para las nuevas funciones colectivas que aquí se configuraran.
A la vez que reafirman la necesidad de un espacio “poético”, de una acción artística entre land art y landscape, los distintos proyectos de parques registran una compleja gama de posiciones, hija de aquella fragmentación y contradicción que afecta a toda la cultura de nuestro tiempo, incluida aquella de la arquitectura de la ciudad. Así, esta obra, el Parque del Agua, fabrica un paisaje que se añade como una pieza más a esta secuencia. aldayjover y Dalnoky conjugan su profesionalidad con naturaleza, arquitectura, ecología, desarrollo urbano y sostenible, eligiendo esta opción como la posición cultural y directora más adecuada para producir innovación y desarrollo futuro.
Daniela Colafranceschi, 24 de octubre de 2009
Doctora Arquitecta, Catedrática de Arquitectura del Paisaje (Università degli Studi Mediterranea de Reggio Calabria)
Directora de la colección Land&Scape Series (Ed. Gustavo Gili) y autora de varios libros (“Paisaje + 100 palabras para habitarlo”, “Architettura in superficie”, “Sull’involucro in architettura”)