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"Arenas en el río" de Luis Francisco Esplá

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In favour of Public Space
Autores: Judith Carrera, Magda Anglès

 

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Arenas en el río / Luis Francisco Esplá 2010

Vivo obsesionado por el equilibrio. A los ocho años me puse un quimono de judo y desde ese momento entendí que la existencia era un delicado juego de estabilidad. Más adelante, mi estrecha vinculación con el campo, los animales, y la naturaleza, amplió su sentido, mostrándome hasta donde es preciso que lleguen las concordancias entre seres y entorno para que se dé la armonía que garantiza la pervivencia.

El equilibrio nunca puede ser estático, pues ese es de aspiración puramente ascética, la contemplación es la voluntad de excluirse del cosmos orgánico para aspirar, sin lastres, al metafísico. Aquel del cual hablo es precisamente todo lo contrario, pues tiene un talante integrador, y sobre todo dinámico.

El simple hecho de andar y por extensión vivir, no es más que una sucesión de desequilibrios necesariamente provocados, y compensados siempre con sus correspondientes reacciones de estabilización. La existencia es en esencia esto reiterado en todos los planos de la naturaleza humana, ya sea el orgánico, el intelectual, o el social.

Dentro del contexto intelectual se adivina eso que unos llaman espíritu, otros alma, o simplemente consciencia. Es un sutil tamiz através del cual el mundo sensorial pierde su condición objetiva para convertirse en realidad personal. Es aquí por tanto, donde se produce la alquimia de la creación.

La facultad de “estetizar” nace ya en el individuo teñida de elementos propios. El aspecto subjetivo de la producción artística y su necesidad de separarse de la realidad práctica, evita todo contenido que no sea puramente el de la lógica artística. En resumen, el criterio estético es un perturbador nato del equilibrio.

Por todo esto resulta difícil creer que, allí donde aprovechando la leve concavidad de un meandro del río Gallego y como invitándolo a desatender el trajín de su curso, las arenas de Zuera se hayan podido instalar sin menoscabo de este comprometido entorno.

Y si he comenzado hablando de equilibrios, es precisamente porque este conjunto, en donde la tremenda carga alegórica de todos sus elementos garantizaría de antemano un serio conflicto. Es contradictoriamente el sentido estético –en este caso- la voz de un Salomón armonizando en perfecto trenzado, arquitectura, simbolismo, y naturaleza.

Quizás el éxito de esta comunión este en la sabia modestia con la cual se administra el proyecto; En la voluntad de no elevarse -en este caso- físicamente sobre el terreno; En hacernos creer que el espacio ocupado por el coso, estuvo siempre ahí, como un regalo más de la generosidad fluvial, y el promontorio que ampara las gradas se elevó por si solo para disimular la algarabía de los festejos.

Pero aquel que es capaz de leer más allá de lo material, vera… No. Más bien, ¡Sentirá! la intimidad de las concordancias. Por un lado el río como evocación del tiempo, lo dinámico, aquello que fluye y pasa, lo ido, la evidencia del principio y el fin, la imperfección, lo incontenible, la predeterminación, el destino, lo que se extingue… la vida en sí. Por otro, el círculo, constante y perfil de las plazas de toros ampara todo lo contrario: Lo esotérico, lo inamovible, lo inextinguible, lo inmarchitable, la perfección y lo eterno… lo inalcanzable: La divinidad.

Y en medio de este y por si esto no fuera suficiente todas las lecturas generadas por el toreo. De ellas solo extraigo el argumento principal, en palabras del propio Miquel Barceló: “Los toros pertenecen a esos mecanismos que el hombre ha ingeniado contra la muerte”. Evidentemente entre estos también se cuentan la religión, el arte, y el más infalible: El amor.

Artilugios todos para crearnos la ficción de nuestra supremacía ante la muerte, bálsamos temporales contra la certeza de nuestro destino, en definitiva pequeños raptos de inmortalidad. Tan inocentes como inútiles. Pero sin la sustancia de estas mentiras la existencia sería insoportable.

Es la mano de Margarita e Iñaki la que propicia el dialogo entre estos dos mundos: El mágico, y el real. Abriendo el círculo a la curiosidad de las aguas, para que estas abreven en el cenit de sus crecidas, los misterios de lo concéntrico; y tras recrear su caudal en el escenario donde se conjura y destierra a la muerte, experimenten la dicha de entretener su curso, de dilatar su suerte. Volverán a su cauce, volverán como un espectador más en tarde de toros, pero esta vez embriagadas del consolador sentimiento de lo inmarcesible.